by elpais.com
En medio de la tormenta económica que sigue azotando al FC Barcelona, una luz brillante emana desde sus cimientos: La Masia. La irrupción y consolidación de una generación de jóvenes talentos sin precedentes, liderada por Lamine Yamal, Pau Cubarsí, Gavi y Pedri, no solo ha devuelto la ilusión a la grada, sino que se ha convertido en el pilar fundamental que sostiene todo el proyecto deportivo. Sin embargo, esta bendición conlleva un riesgo enorme. El club, maniatado por el ‘Fair Play’ financiero, ha pasado de proteger a sus joyas a cargar sobre sus jóvenes hombros una responsabilidad y una presión desmedidas, propias de veteranos consagrados.
El rendimiento de estos futbolistas está siendo extraordinario. Lamine Yamal, a sus 18 años, no es una promesa, es una realidad mundial que decide partidos. Pau Cubarsí se ha erigido como el líder de la zaga con una madurez impropia de su edad. Gavi, cuando las lesiones se lo permiten, es el alma competitiva del equipo. El problema es que su protagonismo no es una elección, sino una imposición de la necesidad. Mientras otros clubes se refuerzan con estrellas mundiales, el Barça se ve obligado a exprimir a sus canteranos, exponiéndolos a un desgaste físico y mental brutal. El historial reciente de lesiones graves en jugadores jóvenes del club, como Ansu Fati o el propio Gavi, ha encendido todas las alarmas.
La polémica está servida: ¿Está el FC Barcelona protegiendo adecuadamente a su ‘generación de cristal’? La gestión de minutos, la presión mediática y la falta de un colchón de jugadores experimentados que les quiten los focos son temas de debate constante. La directiva y el cuerpo técnico de Hansi Flick se enfrentan a un delicado equilibrio: necesitan su talento para competir por los títulos, pero quemarlos prematuramente podría ser un error histórico. El futuro del Barça depende de ellos, pero su presente está llevando su resistencia al límite.
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