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Valencia CF continúa sumido en una crisis deportiva e institucional que lo mantiene como colista entre los equipos valencianos, una situación que habría sido impensable hace pocas temporadas cuando el club che competía regularmente en competiciones europeas y luchaba por puestos nobles en LaLiga. La gestión de Peter Lim sigue generando rechazo masivo entre los aficionados, quienes han intensificado sus protestas exigiendo un cambio en la propiedad del club que consideran responsable del declive institucional.
Mientras el Valencia atraviesa esta tormenta perfecta que combina problemas deportivos, económicos y sociales, el contraste con otros equipos de la Comunidad Valenciana resulta cada vez más evidente. Villarreal CF se mantiene sólidamente en posiciones europeas, demostrando que una gestión equilibrada y una planificación deportiva coherente pueden mantener a un club en la élite del fútbol español sin necesidad de presupuestos estratosféricos.
La situación del Valencia se ha vuelto tan crítica que ocupa puestos de descenso directo, una realidad que causa estupor entre una afición que vivió épocas gloriosas con finales de Champions League consecutivas en 2000 y 2001. Los valencianos se encuentran en una posición de la tabla que no refleja la grandeza histórica del club, pero que sí evidencia las consecuencias de años de mala gestión y decisiones erróneas en todos los niveles organizacionales.
El proyecto deportivo del Valencia carece de dirección clara y coherente. Las constantes rotaciones en el banquillo han impedido la consolidación de cualquier idea futbolística, mientras que las políticas de fichajes han demostrado ser erráticas y poco efectivas. Los jugadores que llegan al club no terminan de adaptarse a un ambiente enrarecido por la inestabilidad institucional y la presión social derivada de la contestación hacia la propiedad.
Peter Lim, propietario singapurense del club desde 2014, se ha convertido en el foco principal de las críticas. Su gestión ha sido cuestionada en múltiples aspectos: desde la venta de jugadores importantes sin reinvertir adecuadamente en la plantilla, hasta el abandono del proyecto del nuevo estadio y la falta de inversión en las instalaciones de entrenamiento. El movimiento «Lim Go Home» ha ganado fuerza internacional, recibiendo apoyo de personalidades del fútbol mundial.
Las consecuencias deportivas de esta situación son evidentes en cada jornada. El Valencia presenta carencias en todas las líneas, con una plantilla que mezcla jugadores veteranos desmotivados con jóvenes sin la experiencia necesaria para asumir responsabilidades en un club de estas características. La falta de liderazgo dentro del vestuario se hace patente en los momentos decisivos de los partidos.
La situación económica del club también genera preocupación. A pesar de contar con ingresos significativos por derechos televisivos y comerciales, la entidad arrastra una deuda considerable que limita su capacidad de maniobra en el mercado de fichajes. Esta restricción económica se suma a las limitaciones impuestas por el fair play financiero de LaLiga, creando un círculo vicioso difícil de romper.
El contraste con el Villarreal resulta aún más doloroso para los aficionados valencianos. El «Submarino Amarillo» de Unai Emery mantiene una línea ascendente basada en una gestión profesional, una apuesta decidida por la cantera y una política de fichajes inteligente que combina experiencia con proyección. Los castellonenses demuestran que es posible mantener la competitividad europea con recursos limitados pero bien gestionados.
La afición valenciana, tradicionalmente pasional y fiel, ha encontrado en las protestas una forma de canalizar su frustración. Las manifestaciones se han convertido en una constante en los alrededores de Mestalla, con pancartas y cánticos que exigen cambios profundos en la estructura del club. Esta presión social ha trascendido las fronteras locales, convirtiendo la situación del Valencia en un caso de estudio sobre cómo no gestionar un club de fútbol.
Fuente: SuperDeporte