by la vanguardia.com
Fue presentado como el fin de las injusticias históricas, el ojo de halcón que traería la paz y la objetividad al deporte más pasional del planeta. Sin embargo, varias temporadas después de su implantación, el Video Assistant Referee (VAR) se ha convertido en el epicentro de una tormenta perfecta que azota cada semana al fútbol español. Lejos de apaciguar los ánimos, la tecnología ha creado nuevas formas de controversia, ha magnificado la desconfianza hacia el estamento arbitral y ha proporcionado a los clubes una nueva y poderosa arma arrojadiza. La pregunta que flota en el ambiente ya no es si el fútbol es más justo con el VAR, sino si la tensión y la polémica constante que genera merecen la pena. La Liga se ha convertido en un juicio sumarísimo a la herramienta y a quienes la manejan.
El núcleo del problema reside en la subjetividad inherente al fútbol. Mientras que el fuera de juego semiautomático ha resuelto con precisión milimétrica una de las jugadas más conflictivas, el VAR se estrella contra un muro de interpretaciones en las áreas grises que definen este deporte. ¿Qué es una mano punible? ¿Cuál es el umbral de contacto para señalar penalti? ¿Una entrada es merecedora de tarjeta roja o amarilla? La tecnología ofrece al árbitro la posibilidad de revisar la jugada en cámara lenta y desde diez ángulos distintos, pero la decisión final sigue dependiendo de un criterio humano. Y ese criterio, según denuncian entrenadores y aficionados, parece ser errático e inconsistente. Una mano que es penalti el sábado, no lo es el domingo. Un pisotón que es roja en un partido, apenas es falta en el siguiente. Esta falta de unificación en las decisiones es el principal combustible que alimenta la hoguera de la desconfianza.
Esta situación ha sido el caldo de cultivo perfecto para una «guerra mediática» sin precedentes. Los clubes, conscientes del poder de la opinión pública, han entrado en una espiral de comunicados, vídeos y declaraciones cruzadas. Canales como Real Madrid TV han hecho de la crítica arbitral una de sus líneas editoriales, analizando al detalle cada jugada polémica en contra y generando una presión inmensa sobre el Comité Técnico de Árbitros (CTA). Otros clubes, aunque con menos altavoces, no dudan en alzar la voz a través de sus entrenadores y directivos. Las ruedas de prensa post-partido se han convertido en un campo de minas para los colegiados, con técnicos como Simeone, Ancelotti o en su día Xavi Hernández, utilizando la ironía y las acusaciones veladas para sembrar la duda sobre la imparcialidad de las decisiones.
En un intento por aportar transparencia, el CTA ha dado un paso histórico publicando los audios de las conversaciones entre el árbitro de campo y la sala VOR. Sin embargo, lo que pretendía ser una solución, a menudo ha añadido más leña al fuego. Las conversaciones, en ocasiones, revelan dudas y deliberaciones que son interpretadas por los aficionados como una prueba de la incompetencia o de la manipulación. Lejos de resolver el debate, los audios lo han hecho más complejo. El VAR no es el problema en sí mismo, sino su aplicación y la atmósfera de crispación que lo rodea. La tecnología es una herramienta, pero en el fútbol español se ha convertido en un arma que está polarizando la competición a niveles nunca visto.
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